Hacia finales del tercer milenio a. C. y comienzos del segundo, los sumerios compusieron los primeros poemas de amor de la historia en torno al matrimonio sagrado entre Inanna y Dumuzi. Unos siglos más tarde, los egipcios cantaron un amor sensual y pleno, que se vive entre el Nilo y sus canales, entre jardines y lechos perfumados. Ya durante la primera mitad del primer milenio a. C., los chinos, con exquisita elegancia, hablaron de amores idílicos, de anhelos, de fidelidad, de traición. Los líricos griegos arcaicos, a su vez, nos legaron algunas de las piezas amatorias que más han influido en el desarrollo posterior de la poesía occidental. Quizá en torno a los siglos IV-III a. C., en algún lugar de Palestina, adquiere su forma actual el que según muchos es el más bello poema amoroso jamás escrito: el Cantar de los Cantares. Ya durante el primer milenio de nuestra era, se componen en la India los breves sattasaī, que tan vívidamente reflejan amores campesinos, llenos de erotismo y picardía, de tragedia y comicidad.